Odio
- 1 jun 2020
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Estaba ya tan harto de todo,
no quería verme a la cara,
ni siquiera toleraba
que me vieran a los ojos,
era todo tan humillante y venenoso
para mí.
Tanto fue en ese espejismo,
en el que alcancé a detestar a
mí equivalente,
tanto fue en ese vacío de tiempo,
en el que los lapsos pasaban,
pero el dolor y el sufrimiento
se aprisionaban más y más
en mis entrañas.
No podía salir de casa,
pensaba en todo,
el nivel de mi confianza
desciende tan rápido,
como el revoloteo de un colibrí.
Días bien, días mal,
detestaba todo lo que me rodeaba,
¿es tan malo ser como soy? No lo sé,
nunca entenderé él porque
del dolor que se establecía en mi cabeza.
Las tinieblas que me vieron caer,
hoy están esperando mi regreso,
creen en mí, creen que perseguiré
y que destruiré a todo aquel que se ha
burlado de mi o de alguien como nosotros.
El odio me creó una túnica más,
en mi vestidura ancestral,
con vértices, tachas, rasgaduras y boquetes,
este nuevo segmento de mí se convertirá
en un resguardo protector para todos.
Somos seres distintos,
tornadizos, oscuros y brillantes,
las sombras no detestan, ellas auxilian,
estoy en el abismo y ellas me han librado.
Porque el odio no se repone,
se guarda, se lo enclaustra y se lo oculta,
para que no alcance a nadie más.
Así, es tiempo de relumbrar
y dejar todo eso atrás,
pues las sombras me han liberado,
me han puesto en viaje hacia la gloria
y no puedo descender.
El odio que un día presidió,
sepultado está,
con un señalamiento,
que lo distingue entre los demás,
cada quién con su vida y
que lo demás sea paz.

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